Nota: El siguiente texto contiene información que, si usted no ha leído ni visto las películas de Harry Potter, le será nueva y podrá arruinarle su experiencia si algún día decide ver estas o leer aquellos. Esto dicho, prosigamos.
No pretendo hablar de las películas de Harry Potter, ni mucho menos de la última entrega de la cual sólo mencionaré que, si bien el final de los libros no me gustó, la reescritura de la séptima entrega en película es aún más denigrante a una historia que tenía potencial pero, por errores de la escritora, se quedó coja. En realidad, mi objetivo aquí será mostrar los errores en que Rowling cometió sistemáticamente durante la escritura de sus libros, especialmente los últimos tres. Si bien la historia puede ser cautivadora no la exime de tener incongruencias.
Harry Potter era una serie cuyo potencial radicaba en poder convertirse en la siguiente saga de novelitas de misterio que, a pesar de su sencillez, podían tener al lector pegado a las páginas desde el principio hasta el final. Las primeras cuatro novelas logran esto. Cada uno tiene una historia sencilla con su debida complejidad del género de misterio las cuales funcionan de forma independiente con el hecho de ir acumulando, en pocas veces, nuevos personajes. El cambio de maestro de las artes obscuras siempre nos entregan un aliado aparente que resulta ser villano o viceversa; la confusión si Snape es bueno o malo; el problema que se empieza a entrever en los primeros capítulos y la construcción del mundo de Rowling, el siempre útil Deus Ex Machina en el momento más crucial y el atadero de cabos sueltos por Dumbledore después de la resolución del problema. Sus primeras cuatro novelas son así y, en realidad, está bastante bien. No necesitan una complejidad mayor para ser interesantes.
Pero la problemática empieza al final de cuarto libro, El cáliz de fuego. Si bien el cuarto libro cumple con los cánones planteados, tiene un ligero desviamiento al final: el renacimiento de Voldemort. En realidad, el libro no tiene mayores fallos, pero introduce a Rowling a una bifurcación en la cual ella está obligada a tomar una decisión: seguir con el antiguo canon o darle un nuevo giro a su historia.
Pensemos por un momento que Rowling se mantuvo en el canon y decide seguir haciendo historias de misterio sencillas, independientes las unas de las otras. A partir del quinto libro obtiene un villano perfecto para su héroe: Voldemort. Ya no es la amenaza que plantea desde antes, sino un peligro real. Puede hacer que los misterios sean ya planes de Voldemort todo poderoso y fortalecer a sus héroes dándoles el poder de arruinar sus planes, pero no vencerlo del todo. El típico némesis de historia de niños que cae en cliché cuando a éste se le derrota y huye gritando: “¡Me las pagarás, Harry Potter! ¡La victoria será mía!”. Pero, por aquello de que el bien triunfa sobre el mal, el séptimo libro debería haber acabado con la derrota final de Voldemort. Predecible, pero al menos yo no me hubiese quejado.
No pretendo hablar de las películas de Harry Potter, ni mucho menos de la última entrega de la cual sólo mencionaré que, si bien el final de los libros no me gustó, la reescritura de la séptima entrega en película es aún más denigrante a una historia que tenía potencial pero, por errores de la escritora, se quedó coja. En realidad, mi objetivo aquí será mostrar los errores en que Rowling cometió sistemáticamente durante la escritura de sus libros, especialmente los últimos tres. Si bien la historia puede ser cautivadora no la exime de tener incongruencias.
Harry Potter era una serie cuyo potencial radicaba en poder convertirse en la siguiente saga de novelitas de misterio que, a pesar de su sencillez, podían tener al lector pegado a las páginas desde el principio hasta el final. Las primeras cuatro novelas logran esto. Cada uno tiene una historia sencilla con su debida complejidad del género de misterio las cuales funcionan de forma independiente con el hecho de ir acumulando, en pocas veces, nuevos personajes. El cambio de maestro de las artes obscuras siempre nos entregan un aliado aparente que resulta ser villano o viceversa; la confusión si Snape es bueno o malo; el problema que se empieza a entrever en los primeros capítulos y la construcción del mundo de Rowling, el siempre útil Deus Ex Machina en el momento más crucial y el atadero de cabos sueltos por Dumbledore después de la resolución del problema. Sus primeras cuatro novelas son así y, en realidad, está bastante bien. No necesitan una complejidad mayor para ser interesantes.
Pero la problemática empieza al final de cuarto libro, El cáliz de fuego. Si bien el cuarto libro cumple con los cánones planteados, tiene un ligero desviamiento al final: el renacimiento de Voldemort. En realidad, el libro no tiene mayores fallos, pero introduce a Rowling a una bifurcación en la cual ella está obligada a tomar una decisión: seguir con el antiguo canon o darle un nuevo giro a su historia.
Pensemos por un momento que Rowling se mantuvo en el canon y decide seguir haciendo historias de misterio sencillas, independientes las unas de las otras. A partir del quinto libro obtiene un villano perfecto para su héroe: Voldemort. Ya no es la amenaza que plantea desde antes, sino un peligro real. Puede hacer que los misterios sean ya planes de Voldemort todo poderoso y fortalecer a sus héroes dándoles el poder de arruinar sus planes, pero no vencerlo del todo. El típico némesis de historia de niños que cae en cliché cuando a éste se le derrota y huye gritando: “¡Me las pagarás, Harry Potter! ¡La victoria será mía!”. Pero, por aquello de que el bien triunfa sobre el mal, el séptimo libro debería haber acabado con la derrota final de Voldemort. Predecible, pero al menos yo no me hubiese quejado.
Pero no fue así. Rowling, en su inmadurez literaria, hace evidente que no sabe hacer uso correcto de la pluma en el quinto libro donde hace que la escalada e ímpetu de la saga se frene y vaya en picada. Lo primero que se nota es el manejo del personaje de Harry Potter. Si es cierto que todo adolescente de quince años se siente incomprendido, me parece que hay mucho mejores maneras para demostrar la ira, frustración y tristeza de un personaje. Rowling lo resuelve de la siguiente manera: MAYÚSCULAS. Todo diálogo de Harry Potter en el quinto libro donde él está frustrado se escribe en mayúsculas y se convierte en una rabieta. Posteriormente, Harry se retira a su soledad, después de haber insultado a quién se haya dejado, a llorar y esperar a que alguien más se cruce en su camino para poder repetir lo anterior dicho.
Después, Rowling planta las semillas de su propio fracaso en el final de la serie. La primera: nos dice que, mientras Harry Potter viva, Voldemort no puede morir y viceversa. Es decir, uno de los dos debe morir antes de que el otro pueda ser muerto. Esta premisa, al final, es lo que hace que la historia colapse, pero dejemos eso por un momento. La segunda es su intento de anudar las cuatro historias anteriores y darles una segunda explicación. Replantear el argumento de estas para que concuerden con un final que ya tiene pensado, pero no sabe exactamente cómo es que va a llegar ahí. Tiene una idea, sí, pero no se hará evidente sino hasta el sexto libro.
Está de más decir que el quinto libro no sólo rompe -fallidamente- con el canon general, sino que tampoco aporta gran cosa a una historia mayor como pretende. Sigue utilizando el Deus Ex Machina al final en la batalla contra Voldemort al hacer aparecer a Dumbledore y salvarle el pellejo (salvación inútil, como se podrá ver más adelante) a Harry Potter junto con la explicación de todo aquello que no tenía sentido con Dumbledore como narrador. Sin embargo, Dumbledore se excede y decide hacer de cuatro historias independientes una madeja imposible de desenredar.
El sexto libro tampoco aporta demasiado más que una conexión entre esa historia amorfa de La Orden del fénix y la introducción y explicación de cómo será la aventura en el séptimo libro. Además, no hace más que cuidar y mantener aquella semilla que arruinará lo poco salvable de la historia. Se introducen los horcruxes y nos explica –y esto es importante- que estos son objetos en los cuales una persona parte su alma y guarda un pedazo de ella en dicho objeto. Nos explica también que un ser vivo puede ser un horcrux y que la manera de romper el alma propia es matar a alguien. En pocas palabras, nos está diciendo que Harry Potter es en sí un horcrux de Voldemort –voluntariamente o involuntariamente por parte de éste último-. Y eso es todo. Se cae un héroe con la muerte de Dumbledore y parece que por fin define a Snape como villano pero, además de eso y contarnos un poco de la historia de Voldemort tampoco tiene gran chiste. Aunque, a pesar de todo, logra frenar esa caída que se veía venir desde el quinto libro y nos da una esperanza para el séptimo.
Pero es una esperanza falsa. Dejemos de lado el hecho de que es una historia más bien aburrida donde, tres cuartas partes del libro, si no hablan de Dumbledore, se narra el bogar sin rumbo de los tres héroes principales. Vayamos directamente al error más catastrófico de Rowling: la caída de su propia cosmovisión.
Regresemos al origen de la historia. Harry Potter es el único sobreviviente del hechizo de la muerte mejor conocido como Avada Kedavra. Pero más que eso, su supervivencia logró la derrota del mago más terrible y poderoso que se haya conocido: Voldemort. Que haya sobrevivido, como nos plantea la escritora desde el primer libro y nos lo va reafirmando durante el resto de la historia, se debe al sacrificio de su madre quien da su vida para que su hijo pueda seguir viviendo. Cuando llega Voldemort a casa de los Potter, aterrado por la visión que le han dicho que, el hijo de una de las dos parejas que lo ha enfrentado y sobrevivido más de dos veces –la otra siendo los Longbottom- será quién lo iguale y venza finalmente, la madre de Harry Potter se interpone entre el villano y su hijo. Ella muere, el villano aparentemente muere al intentar matar al hijo cuando rebota el hechizo y Harry Potter queda marcado de por vida con una liga al asesino de sus padres. ¿Por qué sobrevive Harry Potter? Por el conjuro de protección de su madre con este sacrificio. El amor de la madre lo protege incondicionalmente de cualquier daño que Voldemort quisiese infligir sobre el héroe. No lo puede tocar, no lo puede matar y, aparentemente, Harry Potter tarda siete libros en darse cuenta de esto. Tarda demasiado en darse cuenta que, aquél a quién tanto miedo le tiene, le es imposible hacerle nada incluso después de haberse enfrentado varias veces a su hechizo preferido, Avada Kedavra, y salir vivo.
La premisa está muy bien: el alma pura y su sacrificio despreocupado logran que se pueda proteger a las personas del mal. Es un comodín que funciona bastante bien. El problema es cuando Harry Potter, en su único momento de valentía real en la saga, se sacrifica. El problema no es su acto, sino que Rowling, encariñada con su héroe no le permite su única redención: morir para proteger a los demás.
De hecho, de haber matado a Harry, se hubiese logrado que el final fuese conciso. Muere Harry y, con él, una de las últimas partes del alma despedazada de Voldemort. Después, se libra la batalla en Hogwarts donde, extirpado de sus poderes, Voldemort se ve indefenso y muere a las manos de Neville Longbottom. Sí, Neville y no Ron ni Hermione. Si hubiese sido así, Rowling asegura que Voldemort estaba destinado a fracasar desde el momento en que decidió matar a los Potter ya que, si no era el hijo de estos, el otro sería quién lo venciera. Harry queda como un héroe protector y los demás tienen la gloria de haber podido vencer al mal.
Sin embargo, Rowling no mata a Potter sino usa un artilugio que contradice su premisa. Potter se sacrifica y, en el proceso, no es su alma la que termina siendo destruida, sino la de Voldemort. Pero el hechizo se completa y todos quedan bajo la protección de este: el sacrificio del alma de Voldemort los protege contra él mismo. Esto mismo, lo hace notar Rowling en el diálogo de la batalla final:
“No podrás matar a nadie más esta noche”, dijo Harry mientras se rondaban y miraban a los ojos del otro, verde a rojo. “No podrás volver a matar a ninguno de ellos nunca más. ¿No lo entiendes? Estaba listo para morir y detenerte de lastimar a estas personas—“
“¡Pero no lo hiciste!”
“—Quería hacerlo, y eso fue lo que lo logró. Hice lo que mi madre hizo. Están protegidos de ti. ¿No has notado que ninguno de tus hechizos que les has impuesto se ha mantenido? No puedes torturarlo. No puedes tocarlos. ¿No aprendes de tus errores, Riddle, verdad?” (Traducción de la versión en Inglés por el autor)
Entonces, ¿el alma no es pura como nos lo maneja desde el principio? ¿Cualquier pedazo de alma sirve aunque sea corrupta? ¿El alma es algo que podemos comprar a granel? Y, peor para el caso de Rowling, ¿entonces Voldemort no era tan malo que, incluso un octavo de su alma rota, corrupta, es lo suficientemente buena para poder hacer un hechizo de protección? ¿No despersonaliza esto el alma que es una expresión de la esencia de cada ser humano como lo maneja ella misma? Cualquier explicación que se le dé a estas preguntas, sólo debilitará su argumento.
Es precisamente en esto donde la historia termina de colapsarse en sí misma. Si un pedacito de alma es suficiente, entonces salvaguardar la vida y el alma de los demás no parece ya tan precioso. Si es el caso contrario, entonces Voldemort no debió haber perdido nada y él mismo queda protegido contra sus propios hechizos (como lo hace notar Dumbledore en el capítulo anterior explicando que Voldemort revivió de la sangre de Harry y lleva con él la protección de Lilly Potter, la madre de Harry). Harry, para poder proteger a los demás de su némesis, debió haber hecho un mayor sacrificio que incluyese, no sólo su alma, sino también el hechizo de su madre.
¿Qué queda entonces al final de Harry Potter? Una historia con un final mal hecho y un clímax que llega unas mil quinientas páginas antes del final verdadero. Nos queda un muy mal sabor de boca con el epílogo donde encontramos los nombres más cursis y rebuscados; un final feliz donde el bien triunfó en casi todos los frentes y cuyos sacrificios fueron mayormente en personajes secundarios. Sale a flote el sentimentalismo de Rowling y su mal manejo de drama donde la muerte es –según ella- el mejor recurso literario para lograrlo. Nos quedan muchos personajes que mueren innecesariamente sólo para poder salir del paso en varios pasajes de la historia sin que su muerte represente algo más grande en la historia. Se da a ver como el escritor de cuentos novato cuya única manera de terminar sus historias es matando a los personajes y en cierto modo, lo es.
Pero habremos de reconocerle a Rowling el aliento y la imaginación que tuvo para mantener viva la historia e ir forjando poco a poco un mundo que podría sostenerse por su propia cuenta si se puliese un poco. El crédito de lograr comercializar su literatura y de hacernos lectores desde el primer libro con la promesa de saber que habrían otras seis historias es loable. Porque el primer libro, te deja con la expectativa del “qué pasará” para el siguiente y eso mismo lo logra en los primeros cuatro libros.
Tal vez a Rowling le llegó Harry Potter antes de tiempo y, de haberlo hecho ya con un poco más de experiencia, hubiese realmente creado una historia firme. De cualquier manera nos queda claro que, a pesar de sus errores, logró mantenernos entretenidos durante varias miles de páginas y eso es, a mi parecer, su mayor logro.
Andrés Sierra Gómez Pedroso

