Saturday, July 23, 2011

Rowling y Harry Potter.

Nota: El siguiente texto contiene información que, si usted no ha leído ni visto las películas de Harry Potter, le será nueva y podrá arruinarle su experiencia si algún día decide ver estas o leer aquellos. Esto dicho, prosigamos.




No pretendo hablar de las películas de Harry Potter, ni mucho menos de la última entrega de la cual sólo mencionaré que, si bien el final de los libros no me gustó, la reescritura de la séptima entrega en película es aún más denigrante a una historia que tenía potencial pero, por errores de la escritora, se quedó coja. En realidad, mi objetivo aquí será mostrar los errores en que Rowling cometió sistemáticamente durante la escritura de sus libros, especialmente los últimos tres. Si bien la historia puede ser cautivadora no la exime de tener incongruencias.

Harry Potter era una serie cuyo potencial radicaba en poder convertirse en la siguiente saga de novelitas de misterio que, a pesar de su sencillez, podían tener al lector pegado a las páginas desde el principio hasta el final. Las primeras cuatro novelas logran esto. Cada uno tiene una historia sencilla con su debida complejidad del género de misterio las cuales funcionan de forma independiente con el hecho de ir acumulando, en pocas veces, nuevos personajes. El cambio de maestro de las artes obscuras siempre nos entregan un aliado aparente que resulta ser villano o viceversa; la confusión si Snape es bueno o malo; el problema que se empieza a entrever en los primeros capítulos y la construcción del mundo de Rowling, el siempre útil Deus Ex Machina en el momento más crucial y el atadero de cabos sueltos por Dumbledore después de la resolución del problema. Sus primeras cuatro novelas son así y, en realidad, está bastante bien. No necesitan una complejidad mayor para ser interesantes.

Pero la problemática empieza al final de cuarto libro, El cáliz de fuego. Si bien el cuarto libro cumple con los cánones planteados, tiene un ligero desviamiento al final: el renacimiento de Voldemort. En realidad, el libro no tiene mayores fallos, pero introduce a Rowling a una bifurcación en la cual ella está obligada a tomar una decisión: seguir con el antiguo canon o darle un nuevo giro a su historia.

Pensemos por un momento que Rowling se mantuvo en el canon y decide seguir haciendo historias de misterio sencillas, independientes las unas de las otras. A partir del quinto libro obtiene un villano perfecto para su héroe: Voldemort. Ya no es la amenaza que plantea desde antes, sino un peligro real. Puede hacer que los misterios sean ya planes de Voldemort todo poderoso y fortalecer a sus héroes dándoles el poder de arruinar sus planes, pero no vencerlo del todo. El típico némesis de historia de niños que cae en cliché cuando a éste se le derrota y huye gritando: “¡Me las pagarás, Harry Potter! ¡La victoria será mía!”. Pero, por aquello de que el bien triunfa sobre el mal, el séptimo libro debería haber acabado con la derrota final de Voldemort. Predecible, pero al menos yo no me hubiese quejado.

Pero no fue así. Rowling, en su inmadurez literaria, hace evidente que no sabe hacer uso correcto de la pluma en el quinto libro donde hace que la escalada e ímpetu de la saga se frene y vaya en picada. Lo primero que se nota es el manejo del personaje de Harry Potter. Si es cierto que todo adolescente de quince años se siente incomprendido, me parece que hay mucho mejores maneras para demostrar la ira, frustración y tristeza de un personaje. Rowling lo resuelve de la siguiente manera: MAYÚSCULAS. Todo diálogo de Harry Potter en el quinto libro donde él está frustrado se escribe en mayúsculas y se convierte en una rabieta. Posteriormente, Harry se retira a su soledad, después de haber insultado a quién se haya dejado, a llorar y esperar a que alguien más se cruce en su camino para poder repetir lo anterior dicho.

Después, Rowling planta las semillas de su propio fracaso en el final de la serie. La primera: nos dice que, mientras Harry Potter viva, Voldemort no puede morir y viceversa. Es decir, uno de los dos debe morir antes de que el otro pueda ser muerto. Esta premisa, al final, es lo que hace que la historia colapse, pero dejemos eso por un momento. La segunda es su intento de anudar las cuatro historias anteriores y darles una segunda explicación. Replantear el argumento de estas para que concuerden con un final que ya tiene pensado, pero no sabe exactamente cómo es que va a llegar ahí. Tiene una idea, sí, pero no se hará evidente sino hasta el sexto libro.

Está de más decir que el quinto libro no sólo rompe -fallidamente- con el canon general, sino que tampoco aporta gran cosa a una historia mayor como pretende. Sigue utilizando el Deus Ex Machina al final en la batalla contra Voldemort al hacer aparecer a Dumbledore y salvarle el pellejo (salvación inútil, como se podrá ver más adelante) a Harry Potter junto con la explicación de todo aquello que no tenía sentido con Dumbledore como narrador. Sin embargo, Dumbledore se excede y decide hacer de cuatro historias independientes una madeja imposible de desenredar.

El sexto libro tampoco aporta demasiado más que una conexión entre esa historia amorfa de La Orden del fénix y la introducción y explicación de cómo será la aventura en el séptimo libro. Además, no hace más que cuidar y mantener aquella semilla que arruinará lo poco salvable de la historia. Se introducen los horcruxes y nos explica –y esto es importante- que estos son objetos en los cuales una persona parte su alma y guarda un pedazo de ella en dicho objeto. Nos explica también que un ser vivo puede ser un horcrux y que la manera de romper el alma propia es matar a alguien. En pocas palabras, nos está diciendo que Harry Potter es en sí un horcrux de Voldemort –voluntariamente o involuntariamente por parte de éste último-. Y eso es todo. Se cae un héroe con la muerte de Dumbledore y parece que por fin define a Snape como villano pero, además de eso y contarnos un poco de la historia de Voldemort tampoco tiene gran chiste. Aunque, a pesar de todo, logra frenar esa caída que se veía venir desde el quinto libro y nos da una esperanza para el séptimo.

Pero es una esperanza falsa. Dejemos de lado el hecho de que es una historia más bien aburrida donde, tres cuartas partes del libro, si no hablan de Dumbledore, se narra el bogar sin rumbo de los tres héroes principales. Vayamos directamente al error más catastrófico de Rowling: la caída de su propia cosmovisión.

Regresemos al origen de la historia. Harry Potter es el único sobreviviente del hechizo de la muerte mejor conocido como Avada Kedavra. Pero más que eso, su supervivencia logró la derrota del mago más terrible y poderoso que se haya conocido: Voldemort. Que haya sobrevivido, como nos plantea la escritora desde el primer libro y nos lo va reafirmando durante el resto de la historia, se debe al sacrificio de su madre quien da su vida para que su hijo pueda seguir viviendo. Cuando llega Voldemort a casa de los Potter, aterrado por la visión que le han dicho que, el hijo de una de las dos parejas que lo ha enfrentado y sobrevivido más de dos veces –la otra siendo los Longbottom- será quién lo iguale y venza finalmente, la madre de Harry Potter se interpone entre el villano y su hijo. Ella muere, el villano aparentemente muere al intentar matar al hijo cuando rebota el hechizo y Harry Potter queda marcado de por vida con una liga al asesino de sus padres. ¿Por qué sobrevive Harry Potter? Por el conjuro de protección de su madre con este sacrificio. El amor de la madre lo protege incondicionalmente de cualquier daño que Voldemort quisiese infligir sobre el héroe. No lo puede tocar, no lo puede matar y, aparentemente, Harry Potter tarda siete libros en darse cuenta de esto. Tarda demasiado en darse cuenta que, aquél a quién tanto miedo le tiene, le es imposible hacerle nada incluso después de haberse enfrentado varias veces a su hechizo preferido, Avada Kedavra, y salir vivo.

La premisa está muy bien: el alma pura y su sacrificio despreocupado logran que se pueda proteger a las personas del mal. Es un comodín que funciona bastante bien. El problema es cuando Harry Potter, en su único momento de valentía real en la saga, se sacrifica. El problema no es su acto, sino que Rowling, encariñada con su héroe no le permite su única redención: morir para proteger a los demás.

De hecho, de haber matado a Harry, se hubiese logrado que el final fuese conciso. Muere Harry y, con él, una de las últimas partes del alma despedazada de Voldemort. Después, se libra la batalla en Hogwarts donde, extirpado de sus poderes, Voldemort se ve indefenso y muere a las manos de Neville Longbottom. Sí, Neville y no Ron ni Hermione. Si hubiese sido así, Rowling asegura que Voldemort estaba destinado a fracasar desde el momento en que decidió matar a los Potter ya que, si no era el hijo de estos, el otro sería quién lo venciera. Harry queda como un héroe protector y los demás tienen la gloria de haber podido vencer al mal.

Sin embargo, Rowling no mata a Potter sino usa un artilugio que contradice su premisa. Potter se sacrifica y, en el proceso, no es su alma la que termina siendo destruida, sino la de Voldemort. Pero el hechizo se completa y todos quedan bajo la protección de este: el sacrificio del alma de Voldemort los protege contra él mismo. Esto mismo, lo hace notar Rowling en el diálogo de la batalla final:

“No podrás matar a nadie más esta noche”, dijo Harry mientras se rondaban y miraban a los ojos del otro, verde a rojo. “No podrás volver a matar a ninguno de ellos nunca más. ¿No lo entiendes? Estaba listo para morir y detenerte de lastimar a estas personas—“
“¡Pero no lo hiciste!”
“—Quería hacerlo, y eso fue lo que lo logró. Hice lo que mi madre hizo. Están protegidos de ti. ¿No has notado que ninguno de tus hechizos que les has impuesto se ha mantenido? No puedes torturarlo. No puedes tocarlos. ¿No aprendes de tus errores, Riddle, verdad?” (Traducción de la versión en Inglés por el autor)
Entonces, ¿el alma no es pura como nos lo maneja desde el principio? ¿Cualquier pedazo de alma sirve aunque sea corrupta? ¿El alma es algo que podemos comprar a granel? Y, peor para el caso de Rowling, ¿entonces Voldemort no era tan malo que, incluso un octavo de su alma rota, corrupta, es lo suficientemente buena para poder hacer un hechizo de protección? ¿No despersonaliza esto el alma que es una expresión de la esencia de cada ser humano como lo maneja ella misma? Cualquier explicación que se le dé a estas preguntas, sólo debilitará su argumento.

Es precisamente en esto donde la historia termina de colapsarse en sí misma. Si un pedacito de alma es suficiente, entonces salvaguardar la vida y el alma de los demás no parece ya tan precioso. Si es el caso contrario, entonces Voldemort no debió haber perdido nada y él mismo queda protegido contra sus propios hechizos (como lo hace notar Dumbledore en el capítulo anterior explicando que Voldemort revivió de la sangre de Harry y lleva con él la protección de Lilly Potter, la madre de Harry). Harry, para poder proteger a los demás de su némesis, debió haber hecho un mayor sacrificio que incluyese, no sólo su alma, sino también el hechizo de su madre.

¿Qué queda entonces al final de Harry Potter? Una historia con un final mal hecho y un clímax que llega unas mil quinientas páginas antes del final verdadero. Nos queda un muy mal sabor de boca con el epílogo donde encontramos los nombres más cursis y rebuscados; un final feliz donde el bien triunfó en casi todos los frentes y cuyos sacrificios fueron mayormente en personajes secundarios. Sale a flote el sentimentalismo de Rowling y su mal manejo de drama donde la muerte es –según ella- el mejor recurso literario para lograrlo. Nos quedan muchos personajes que mueren innecesariamente sólo para poder salir del paso en varios pasajes de la historia sin que su muerte represente algo más grande en la historia. Se da a ver como el escritor de cuentos novato cuya única manera de terminar sus historias es matando a los personajes y en cierto modo, lo es.

Pero habremos de reconocerle a Rowling el aliento y la imaginación que tuvo para mantener viva la historia e ir forjando poco a poco un mundo que podría sostenerse por su propia cuenta si se puliese un poco. El crédito de lograr comercializar su literatura y de hacernos lectores desde el primer libro con la promesa de saber que habrían otras seis historias es loable. Porque el primer libro, te deja con la expectativa del “qué pasará” para el siguiente y eso mismo lo logra en los primeros cuatro libros.

Tal vez a Rowling le llegó Harry Potter antes de tiempo y, de haberlo hecho ya con un poco más de experiencia, hubiese realmente creado una historia firme. De cualquier manera nos queda claro que, a pesar de sus errores, logró mantenernos entretenidos durante varias miles de páginas y eso es, a mi parecer, su mayor logro.

Andrés Sierra Gómez Pedroso

Wednesday, April 20, 2011

Vivelibro 2011

El pasado 2 de abril festejamos el Vive Libro 2011 –o #vivelibro2011. El evento fue un asunto un tanto mejor organizado que el año pasado, pero un tanto más disperso a su vez. La convocatoria fue amplia y me parece que la comunidad se sintió más en confianza en participar. El año pasado fue un evento de personalidades de twitter y este año fue al revés: más comunidad que no se conocía se acercó para dar libros lo cual me parece excelente. En general, fue un evento del cual no me puedo quejar más que por la masividad. Pero no me hagan caso, yo me engento con grupos de más de tres personas desconocidas.

Pero yo no quiero hablar del Vive Libro. Hoy vengo a quejarme más bien y a decir lo que despertó en mí el Vive Libro. Fue una sensación que me caló los huesos y que me hizo sentir fuera de este mundo. La viste se me nublaba y todo el cuerpo me sudaba frío. Era la maldita desesperación de no poder leer. Sí, el Vive Libro de este año me recordó todo lo que tengo pendiente a leer, que no he leído y que no tendré tiempo de leer hasta quién sabe cuándo. Por supuesto que el sentimiento no se queda ahí. En la desesperación, el señorito Borchácalas debe satisfacer esta necesidad de lectura infame con algo insólito: ir a comprar más libros. Así es. Yo, cuando no tengo tiempo para leer, me pongo a comprar libros.

No bastaba con el fino regalo que me dieron –sin dedicar, por cierto- que es un libro de obras de teatro titulado <> y otras dos mezclas explosivas de Enrique Jardiel Poncela, sino que además tuve que agregar a mi lista más libros comprados el día siguiente para aumentar la lista de libros pendientes. Sí, el día siguiente me fui a comprar libros y salí con Oppiano Licario de José Lezama Lima, La oscura historia de la prima Montse de Juan Marsé, El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez –ya para darle cuello al autor- y Primera nieve en el monte Fuji de Yasunari Kawabata –que sería un regalo. Ese mismo día también estuve a punto de comprar Fury de Salman Rushdie, pero pensé que era un exceso. El título –que me han dicho que es terriblemente escaso- no se me pudo escapar de la cabeza en toda la semana y terminé yendo por una de las dos copias restantes en la librería el sábado siguiente. De manera que, además de tener ya una lista de libros pendientes, decido agregar más títulos en un semestre en el cual si he leído no ha sido porque tenga mucho tiempo libre, sino porque he procrastinado.

Mi conclusión sobre el Vive Libro 2011: Sólo me hizo gastar más dinero, frustrarme y recordarme que ni tengo tiempo, dinero ni nada para leer, pero que bonito es hacer como que se cultiva uno, ¿no?



Pd. Si les daba curiosidad de mi lista de libros pendientes a leer, se las anexo:

  • Historias en la palma de la mano –Yasunari Kawabata
  • Menguantes y otras creaturas – Ana Escoto (¡Mil disculpas! ¡No he podido leerlo!)
  • Chagrin d’école – Daniel Pennac 
  • Oppiano Licario – José Lezama Lima 
  • Fury – Salman Rushdie 
  • La historia de la prima Montse –Juan Marsé 
  • El otoño del patriarca – Gabriel García Márquez 
  • Océano Mar –Alessandro Baricco 
  • "Agua, aceite y gasolina" y otras dos mezclas explosivas - Enrique Jardiel Poncela 
  • La Semiología – Pierre Guiraud 
  • Maintenant, foutez-moi la paix! – Philippe Delerm 
  • Justine ou Les Malheurs de la vertu – Marquis de Sade 
  • Leviathan – Thomas Hobbes 
  • Les larmes d’Eros –Georges Bataille

    Estos sin contar los que llevo pendientes desde hace varios años.

    Sunday, December 26, 2010

    Sobre Borchácalas

    Frecuentemente, la gente que llega a conocerme como Borchácalas, me preguntan el significado del nombre. Han llegado a pensar que es nombre real, apellido, o simplemente algo muy raro para pronunciar. Borch, me llaman comúnmente, pero me gusta más Borchácalas –aunque sea más largo, hombre. Comúnmente, es confundido con un personaje que me he creado. Comúnmente se equivocan.

    El nombre de Borchácalas se originó en algún día de primavera en el año del dos-mil-seis. La verdad no recuerdo con exactitud. Sólo sé que era en primavera porque fue un poco antes de semana santa –¿o un poco después?-, en definitiva mucho después de vacaciones de invierno. Estaba yo por terminar el quinto año de mi bachillerato y lavaba los trastes después de una comida común y corriente en mi casa con mi hermano y su entonces novia. Con ella yo me llevaba bien a ratos, mal a otros. Dependía de mi cambiante humor y de que tan chingaquedito estaba ella. Ese día estaba yo de buen humor, aunque mi hermano no. Ella estaba de chingaquedito, como muy seguido lo estaba. Se le ocurrió de momento, para chingar, llamarme Borchácalas mientras yo secaba los trastes. La pregunta no se hizo esperar –es la maldición del nombre-, ¿por qué Borchácalas? La razón: Porque tienes cara de Borchácalas.

    De momento, no me hizo mucha gracia, pero el nombre se me quedó pegado. Algo tenía en él que no me molestaba realmente el nombre, sino el chingaquedito. El nombre no era ofensivo y Google no mostraba –en ese entonces- nada que relacionara el nombre de Borchácalas con algo más. Se quedó en el aire como un chiste local que yo usaba de sobrenombre en el mensajero. No había más a ello y a los pocos meses –o pocas semanas, no sabría decirlo-, cambié mi vieja cuenta de correo y utilicé el nombre para fundar la cuenta. Y así fue como el nombre de Borchácalas se formalizó en algún lado como nombre mío. En una cuenta de correo.

    De ahí en adelante, el nombre fue tomando vida propia poco a poco. Su uso se fue ampliando como nombre alternativo al mío en mis asuntos de internet y textos. Era un buen sobrenombre y es inconfundible hasta la fecha. No hay otra cosa que hacer más que imaginarme cuando uno escucha el nombre de Borchácalas. ¿Cuántos pueden jactarse de lo mismo en el mundo?

    Sin embargo, hay algo mítico que hay que desmentir. El nombre de Borchácalas engloba muchas cosas de mi personalidad. Es cierto, que sea también una locución verbal es prueba de ello. A pesar de eso, Borchácalas, como ente, no nació ese día con el nombre. Tampoco fue ni ha sido un personaje creado después del nombre. De ninguna manera.

    Borchácalas nació de un borchacaleo. Sí, parece redundante, pero he de narrar el día en que nació Borchácalas como parte de mí.

    Era un viernes en Pachuca mientras se acercaba el fin de curso de mi segundo año de secundaria. Yo había regresado de un viaje familiar a Europa una o dos semanas antes. Esto, ante los ojos de los pachuqueños –o al menos de mis compañeros de secundaria- me ponía en un estatus social superior al cual tenía antes del viaje. Sí, así se gana estatus social en algunos pueblos provincianos como lo es Pachuca: yendo a Europa. Ese viernes, había una fiesta de los chicos “populares” de la escuela a la cual me habían invitado a mí y a mis amigos. Estaba siendo invitado yo al círculo social de las personas que anteriormente me habían hecho burla y se habían mofado de mí en variadas ocasiones.

    Es menester mencionar que yo en secundaria fui un mozalbete al cual los niños populares no querían por ser siempre el ñoño que tenía la pronta respuesta a todo. Esto, básicamente, porque se me pegan datos inútiles en la cabeza como el queso quemado en una sartén sin teflón ni aceite. Entonces, era yo el ñoño que hacía la tarea en cinco minutos –cosa que ellos ignoraban- y al que sólo le hablaban cuando no tenían ni puta idea de cómo iban a pasar. Eso sí, no dudaban en mofarse de mí en cualquier momento, y yo no dudaba en respingar e intentar callarles la boca. Me gusta pensar que más de una vez les gané, aunque ellos siguieran con una patética mofa después de haberles dicho tal o cual cosa.

    En fin, estos adefesios de adolescente plásticos cuya idea de éxito social era ver quién era más malo comprándose patinetas caras y sintiéndose muy malos escuchando Slipknot, Limp Bizkit et al. mientras se compraban ropa de marca y te veían la etiqueta en su completa rudeza de niños malos para saber qué tan malo eras, se dignaron a dejarme entrar en una ligera brecha a su círculo social por el simple hecho de haber ido yo a Europa unas semanas antes. Muy a pesar de que yo era de los apestados para ellos –literal y figurativamente hablando-, había sido invitado a la fiesta. Tal vez no era de los más apestados, y tal vez había ido “subiendo” en sus escalas sociales durante ese segundo año, pero, ¿realmente alguien me conocía de ese grupo de niños fresas hijos de padres plásticos y señoras camioneta? No. La razón para invitarme fue que invitaron a los niños no-tan-fresas que entonces consideraba mis amigos y que ya no estaba en un nivel tan piojo para ellos. A mí seguían sin caerme del todo bien y definitivamente no pretendía ser de su grupo social.

    Así que ese viernes yo me expresé. Desde antes les había dicho a mis amigos que estaba bien que hiciéramos algo. Cualquier cosa estaba bien, menos ir a esa fiesta. Era hipócrita que fuéramos, a ellos tampoco los consideraban dentro de su grupo, aunque no se llevaran mal. Todos estuvieron de acuerdo y nos quedamos de ver en una plaza para ir al cine cual secundarianos. Sin embargo, ya reunidos, empezaron las discusiones sobre que procedería. La fiesta salió a colación y muchos dijeron que irían. Yo me negué rotundamente y algunos dijeron que sólo irían a ver. Yo me negué nuevamente. Arrastrado, me vi caminando con ellos hasta el lugar donde se llevaba a cabo la fiesta. Durante el camino, exclamé muchas veces que yo no me quedaría, que yo no quería ir, pero creyeron que sería pura palabrería.

    Finalmente llegamos al lugar y vimos a la madre de nuestro compañero. Ella y mi madre se conocían y no se llevaban mal. La misma madre me reconocía a mí a mis amigos. Salió el chico de la fiesta. Un pelirrojo. Nos invitaron a pasar y muchos de ellos entraron, menos yo y mi grupo cercano. Éramos tres: Ricardo, Falcón y Mauricio. Lo recuerdo bien. La madre me insistió que también me quedase. Me volví a negar. Ricardo y Falcón estaban intentando convencerme, pero el que más intentó convencerme fue Mauricio. La discusión se acaloró un poco y culminó en lo siguiente. Mauricio me dijo: -¿Le vas a negar a la madre entrar? Te está invitando de buena manera y te estás negando en quedarte, concluyó. No me hagas chantajes sentimentales, le respondí. No es chantaje sentimental, me contestó. Estás queriendo hacerme sentir mal usando los sentimientos de la señora para hacerme quedar en la fiesta, eso es chantaje sentimental, concluí. Después de eso, perdieron mucha esperanza y me dejaron partir solo.

    Solo, me regresé caminando unos tres kilómetros –para ese entonces una caminata de tres kilómetros para mí era eterna ya que mi transporte se reducía a que me llevaran o trajeran en carro en un pueblo tan pequeño como lo es Pachuca- de regreso a la plaza. Llevaba dinero, así que tomé la decisión de entrar a una función de cine solo. Fue la primer función de cine a la cual entré decididamente solo. No la terminé de ver solo porque al avisar en mi casa que había entrado solo, mi madre y hermana decidieron acompañarme. Lo importante fue la decisión tomada en ese momento.

    Fue en esa tarde donde Borchácalas nació como una parte de mi personalidad. Esa parte de mí que me gusta y que me mueve a no hacer lo que los demás quieren, a defender lo que pienso y tomar mis decisiones propias. Claro, esto no lo he cumplido todas las veces desde entonces, pero sí en su más grande mayoría. Las que no, son dignas de su propio relato. Borchácalas es esa parte de mí que me mueve a hacer lo que yo quiero, a aferrarme a las cosas que creo. No soy idealista y muchos están para confirmarlo. En realidad, soy casi lo opuesto a un idealista. Sin embargo, hay cosas que podría uno decir que defiendo como si fuese idealista. Esas cosas son cosas personales, sentimientos, pensamientos, emociones de las cuales muchas de ellas están guardadas celosamente y pocos han realmente tenido la oportunidad de ver.

    Los siguientes meses a este acontecimiento terminaron de consolidar esta faceta mía. Hubo varios cuestionamientos míos hacia ellos. Me planté muchas preguntas, los confronté en más de una ocasión y así fue como me separé de mi grupo social. El paso se había dado entonces y no había marcha atrás. Desde que no crucé ese portón para entrar a la fiesta, me había deslindado de todos y había nacido en mí el presentimiento de que jamás iba a volver a coincidir con ellos.

    Claro que entonces los juzgué con una moral que no era la mía, y les cuestioné cosas que ni siquiera yo había respondido, pero me molestaba que ellos mismos no se dieran cuenta. Me molestaba que ellos estuvieran sin preguntarse el porqué de sus comportamientos. Me molestaba en demasía el materialismo que les otorgaba estatus social –hasta la fecha evito mencionar cualquier cosa que tenga que ver con dinero a menos que sea justo y necesario o no haya de otra más que responder-; me molestaba que me conocieran poco aquellos que decían llamarse mis amigos. Sólo creo haber sido extremadamente injusto con una persona, pero desde ese momento de acción en que la encasillé junto con los demás, fue demasiado tarde para hacer correcciones. Todos los demás se dejaban llevar por la corriente, por lo que dictaban los demás para ser socialmente aceptados de la manera más superficial.

    A finales de ese año, cuando despidieron a mi padre de su trabajo, fui el primero en apoyar la idea de regresarnos al DF. No podía soportar estar allí y a finales del año 2003, nos mudamos. Cambié de escuela y terminé la secundaria haciendo uno o dos amigos solamente. Y así nació Borchácalas. Esos fueron sus inicios.

    Pero, ¿quién es hoy Borchácalas? ¿Qué es el borchacaleo?

    Mucha gente cree que es un personaje. En cierto modo, tienen razón, pero también se equivocan. El Borchácalas que la mayoría conoce, es el Borchácalas de internet. Es esa fracción mía que dejo entrever en los blogs, los comentarios, las redes sociales. Sobre todo en Twitter.

    En este último he de detenerme un poco. El Borchácalas de Twitter, que muchas veces confundido conmigo, es una burla. Una burla propia y una burla a los demás. Mi presencia en twitter sí comenzó como un desahogadero. Pero en ese entonces nadie me seguía. Nadie sabía que existía yo. Pero con el tiempo, empecé a hacer burla a la gente, o a mí mismo en twitter. A exaltar mis desgracias –aunque muchas veces, mis más grandes desgracias jamás aparecieron en twitter. El Borchácalas de twitter era una caricatura mía. Algo muy parecido pero que no era yo. He de decir que el noventa porciento de lo que he dicho en twitter, no era para tomarse en serio. Ese Borchácalas era el yo superficial. Al menos hasta hace unos meses donde empezaban a empalmarse y entonces perdió su encanto el twitter. Básicamente porque no me gusta mostrar demasiado más que a personas selectas y justo eso estaba yo haciendo en twitter. Es parte de mí no querer compartir todo con todos, sino con algunos selectos.

    Borchácalas como personaje es sólo un extracto un tanto agrio, un tanto cagado, un tanto intenso de mí mismo. Es un resumen de mí mismo. No niego que aquellos que conozcan o lean mi blog o hayan leído el twitter no tengan una ligera idea de quién soy, pero sí se equivocan si creen que soy yo completamente. Se equivocan aún más si creen que Borchácalas es un simple personaje que he creado yo como personalidad alterna para su uso en internet y algunos grupos sociales.

    Borchácalas soy yo. Es un tercer nombre para mí. Es un nombre que me define como persona. Algo que pronuncias y necesariamente hace referencia a mí. Preguntar quién o qué es Borchácalas es lo mismo que preguntar quién o qué soy yo. La verdad, no hay pregunta más difícil de contestar, pero viendo el origen de mi persona, de aquello que considero mi esencia, creo que no hay mejor pregunta a plantearme. ¿Quién o qué es Borchácalas? Creo que el día que lo conteste, no tendré la necesidad de hacer este tipo de recuentos, ni tampoco la necesidad de explicarle o contestarle a nadie.